¿Sientes que el mundo está de cabeza y cargado de estrés?
¿Crees que en lugar de ir hacia adelante vamos hacia atrás?


Bien has de saber que desde hace ya varios años se viene insistiendo, a nivel global, que debemos cambiar nuestra relación dañina con nuestro planeta, con la vida y con nosotros mismos; de lo contrario nos esperan tiempos muy difíciles y muy graves, que tal vez no podamos superar. Esta relación es posible revertirla empezando por nosotros mismos, cultivando mejor nuestra espiritualidad, de la que brotan las motivaciones y los deseos más profundos del amor y el cuidado.

 

Si no queríamos cambiar, estamos siendo obligados a hacerlo

La actual situación, causada por la pandemia a la que nos enfrentamos, vino a agudizar aún más esta necesidad de cambio y conversión. Estamos siendo testigos de mucho dolor y muchas muertes. La pandemia ha puesto de manifiesto que algo no estamos haciendo bien, y que muchas cosas debemos cambiar empezando por nosotros mismos.

Necesitamos grandes cambios sociales, económicos y políticos, pero también necesitamos una nueva mentalidad, una nueva conciencia que nos impulse a relacionarnos de manera más fraterna y solidaria con nosotros mismos, con la vida, con el planeta y con el Creador. Y esto tiene que ver con la espiritualidad.

Nuestro estilo de vida, apegado al consumo compulsivo, a la explotación ilimitada de los bienes, riquezas y servicios del planeta, nos ha convertido en enemigos de nuestro propio planeta. No podemos consumir más de lo que la Tierra soporta (L. Boff).

 

La riqueza de la espiritualidad

La espiritualidad es el modo de ser y de vivir una persona, es su talante, su hondón, su energía vital (Casaldáliga). Es donde brotan sus emociones, sus pasiones, sus sueños, sus motivaciones, sus alegrías, su indignación. Es una fuerza que la anima a vivir y a luchar. Es la profundidad con la que vive uno mismo, una comunidad, un grupo o un pueblo.

Una buena espiritualidad nos abre a la vida, a gustar de ella y a cuidarla. Nos potencia a ser más fraternos y solidarios. Nos impulsa a la veneración y al respeto de los seres vivos. Nos inspira el saludo respetuoso, al abrazo festivo, la palabra que dignifica. Nos hace sentir que somos parte de la Tierra, y por eso, en lugar de pretender dominarla y estrujarla, le agradecemos porque nos proporciona todo lo que necesitamos para vivir y reproducir la vida.

La espiritualidad se nota: las personas reflejan profundidad, calidez y amor; irradian confianza, paz y comprensión; propagan una energía que contagia y motiva, e incluso son capaces de consuelo e indignación porque son sensibles a lo que sucede en la vida en todas sus expresiones.

Muchos piensan que con solo rezar pueden llegar a ser personas de honda espiritualidad, pero se olvidan de que deben cambiar sus sueños, sus motivaciones, sus ideales, su solidaridad con la humanidad y con la vida toda y todo tipo de vida.

La espiritualidad surge de la profundidad humana, cuando hemos logrado pasar de la cabeza al corazón que siente, vibra, tiene sueños y grandes ideales; cuando más que pensar a Dios, sentimos a Dios en el corazón (L. Boff).

A partir de esta experiencia constatamos que la espiritualidad tiene una fuerza transformadora, humanizante, curadora, reparadora y salvadora. Nos impulsa a encontrar salida y solución ante cualquier realidad que se nos presente. Y todos podemos lograr este potencial.

 

Es necesario formar la espiritualidad

Por todo lo dicho, tú que tienes una responsabilidad con la educación y la formación en la fe ¿sabes cuál es el potencial que tienes para formar positivamente el interior de las personas? Tienes la gran oportunidad de sentar las bases profundas de la interioridad de tus alumnos.

Uno de los ejes transversales que debe estar siempre presente en cada una de las materias, debe ser la espiritualidad. Gracias a ella, los diferentes conocimientos estarán impregnados de motivaciones profundas que deben inducirlos a comprometerse en beneficio de un mundo mejor.

Esto significa tomar consciencia de la degradación de nuestro planeta. Ver el planeta, no como una enorme masa de tierra y piedra, sino como un ser vivo, como una madre que es capaz de engendrar, alimentar y reproducir la vida de los millones de seres que la habitan.

Formar el espíritu de discernimiento para distinguir lo que genera y cuida la vida y lo que la destruye. Estimular a a ver la vida en su plenitud, con su belleza y su misterio, a cuidarla, a celebrarla, a protegerla, a compartirla, a defenderla.

Formar el espíritu de amor y compasión para ser más solidarios sobre todo con los más desprotegidos. Estimular a ver al pobre como prójimo, igual a mí en lo esencial, y al que debo respetar. Enseñar a ver al otro no como obstáculo que hay que despreciar, humillar y eliminar, sino como hermano con el que puedo caminar y colaborar.

Formar el espíritu de interrelación, basado en la fraternidad, la inclusión, la solidaridad y la comunión.

 

Resumiendo

La espiritualidad ”es todo aquello que produce una transformación interior” (Dalai Lama), todo lo que nos hace sentir que todos estamos hermanados en la búsqueda común de la felicidad. Por tanto, nos debemos respeto y amor. Somos todos parte de la misma madre Tierra a la cual le debemos amor, respeto y cuidado.

Entre más cultivemos los valores de esta vida espiritual, más nos haremos cargo de la realidad que vivimos, y no tendrán cabida el egoísmo, la indiferencia, el desprecio, y mucho menos la violencia de unos contra otros ni contra la madre Tierra.