La liturgia es lugar de encuentro con Dios y con los hermanos


Celebrar es propio de los seres humanos, y de manera particular, es un distintivo de nuestra vida cristiana y de nuestra manera de ser Iglesia. Por eso, una liturgia celebrativa mal preparada y desligada de la vida o de la pastoral de la Iglesia crea un desencuentro con Dios y con los hermanos; hace que todo se vea estático o robotizado y dañe la identidad de la propia Iglesia.

 

El sentido de la liturgia

La liturgia es acción, es un servicio público de Cristo y de la Iglesia, cuyo propósito es celebrar de forma comunitaria el misterio de la salvación. Quien celebra no es el clero, sino los cristianos reunidos en comunidad.

La liturgia, por tanto, es la celebración de Dios con sus hijos e hijas. Desde este punto de vista, Dios se manifiesta a través de su Palabra, con su Espíritu y con su salvación. Como lo expresa la Sacrosanctum Concilium, es Cristo que está presente en la comunidad realizando su misterio pascual (S.C. 7).

Pero también la liturgia es celebración del encuentro de los hermanos y hermanas con Dios. Desde este otro sentido, los cristianos expresamos nuestra fe y nuestra relación con Dios a través de las palabras, gestos, símbolos, ritos, oraciones y danzas.

De una o de otra forma, la liturgia no puede ser considerada como un adorno o una actividad más dentro de la Iglesia; “es el arte de festejar juntos” (Nereu Castro de Teixeira, La comunicación en la liturgia); “es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia, y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (S.C 10).

 

Para qué celebramos

A lo largo de la vida, aprendemos a celebrar todo tipo de acontecimientos: el nacimiento, la niñez, la juventud, la adultez, la vida o la muerte. Asimismo, en la Iglesia, a través de la celebración de los sacramentos y las celebraciones de la palabra, festejamos la vida de las personas, de la comunidad y de la Iglesia. También nos reunimos para celebrar el encuentro con la misericordia de Dios.

Ahora bien, hay celebraciones que pertenecen a la religiosidad popular, en las que nos reunimos para celebrar al santo patrón, para rezar un rosario, hacer una vigilia, una novena o una procesión, o para danzar y bailar.

Hay también celebraciones, ya sean misas católicas o ecuménicas, con un carácter liberador y transformador, con conciencia y compromiso social, político o ecológico. En ellas, en un ambiente de fraternidad e igualdad, se celebra por la paz, por la justicia, por una vida digna, por las mujeres, por los niños de la calle, o por las víctimas que claman a Dios por justicia y verdad.

En una palabra, la liturgia es para celebrar y alimentar nuestra fe, para seguir caminando con identidad cristiana, para ser signos de comunión, para dar testimonio de nuestro seguimiento de Cristo y para ser mejores testigos del Reino de Dios.

 

 

Cómo celebramos

La liturgia no tiene que ver solo con cosas del alma, ni se queda en el rito. La liturgia compromete toda nuestra persona. Para celebrar la fe y la vida disponemos nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestro espíritu. Nos ponemos de pie para indicar que estamos listos; nos sentamos para prestar atención; nos arrodillamos para expresar humildad; caminamos para expresar nuestro dinamismo.

En la liturgia vemos a la comunidad, los símbolos propios de nuestra fe: una cruz, una imagen, la Palabra de Dios. Vemos los colores del tiempo litúrgico, los adornos o las frases de alguna celebración especial. Vemos sabiendo que tienen un significado más profundo.

Celebramos escuchando oraciones, cantos, la Palaba de Dios, el Evangelio, la homilía del sacerdote.

A través de oraciones, cantos y silencios, podemos agradecer, pedir, implorar, meditar y expresar nuestras necesidades.

Celebramos comiendo y bebiendo. No puede faltar el alimento principal: la cena del Señor. Aceptamos la eucaristía con la cual saciamos nuestra hambre de Dios y expresamos nuestro compromiso de vivir en el mandamiento del amor que no excluye, no oprime, sino que salva.

 

Podemos decir que muchos sentimos la necesidad de encontrarnos con la comunidad para celebrar nuestra fe. La celebración litúrgica no es una obligación de presentarse en la iglesia, es la celebración personal y comunitaria del encuentro con Dios para ser mejores testigos de la belleza del Evangelio.