¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso las pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo, los peligros o la espada? (…) Yo sé que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales (…) podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor

(Romanos 8,35.38-39)

Compañero educador en la fe, queremos seguir animándote en tu labor catequética y evangelizadora. En esta ocasión queremos compartir contigo algunas reflexiones para animarte en tu tarea y reforzar el sentido de tu misión frente a la emergencia sanitaria que estamos viviendo en este 2020.

Seguimos en tiempo de crisis. Muchos han visto fallecer a vecinos, amigos y hasta familiares. Los niños y niñas ya se sienten agobiados del encierro por no poder ver a sus amigos y hacer las mismas actividades de antes. En fin, esta crisis nos puso en desconcierto, nos nubló el camino y, para muchos quizá, es causa de tristeza, de miedo y hasta desesperación. Pero recordemos que la crisis también tiene su lado positivo; es oportunidad de aprender, de crecer y de ser mejores personas. Es aquí donde queremos fijarnos esta ocasión, y como educadores de la fe decir una palabra de aliento.

Esta situación nos da motivos para pensar y buscar una respuesta en la persona de Jesús, ¿qué diría Jesús? ¿Qué haría Jesús en una situación así?

El papa Francisco, reflexionando sobre esta situación de la pandemia y con ocasión de la bendición urbit et urbe, nos recuerda las palabras de Jesús a sus discípulos atemorizados en la barca agitada por las olas del lago de Genesaret: “¿Por qué están con tanto miedo?” (Mc 4,40).

Cuando nosotros, como discípulos, pensamos que al Señor no le importa que perezcamos, el papa Francisco nos recuerda que somos importantes para Dios, que hemos de remar unidos, que todo seamos uno, que la tempestad ha desenmascarado nuestra vulnerabilidad, y deja al descubierto nuestras falsas seguridades, el problema nos afecta a todos, tenemos una pertenencia común de hermanos, formamos un solo mundo. En el fondo, el dilema es entre creernos autosuficientes o reconocer que solos nos hundimos y necesitamos invitar a Jesús a nuestra barca y tener fe, ir hacia el Señor y confiar en Él, que nos da serenidad en nuestras tormentas.

No se trata de confiar en rápidas soluciones milagrosas. Se trata de enfrentar esta situación, de revisar nuestra vida, nuestras relaciones en todas direcciones; encargarnos de ella y juntos buscar una solución que sea beneficiosa para todos. Desde la fe, nos sentimos invitados a convertir nuestra mentalidad y nuestro estilo de vida, de discernir entre lo que es necesario y lo que no lo es, dejar de confiar en nuestras seguridades y rutinas, dejar de sentirnos fuertes y capaces de todo, no ser codiciosos de ganancias, ni seguir anestesiados ante injusticias y guerras, mientras la tierra está gravemente enferma.

 

¿Qué hacer, entonces, como educadores en la fe?

En primer lugar, no perder la fe. En Palabras de Jesús: “No tengan miedo” (Mt 28,5) y “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,20).

A una situación excepcional no se puede dar una respuesta habitual, sino que se requiere una respuesta nueva y diferente. Para ello es necesario dos cosas, tener un corazón que sepa ver las heridas de la sociedad y unas manos creativas en la caridad activa. Tenemos una responsabilidad ante la vida y cada uno puede poner su parte para este proceso de curación y de sanación que todos necesitamos.

También, seguir cultivando nuestra sana relación familiar a través del diálogo, la escucha atenta, la paciencia activa y la catequesis en familia; hablar desde la experiencia de fe. La casa es la fuente de valores, relaciones, prácticas y compromisos. Tenemos que insistir que si queremos construir un mundo mejor, también tenemos que reflejarlo desde casa.

Además, cuidando las relaciones en nuestras comunidades, ya sea vía telefónica, vía correo o WhatsApp; preguntando “¿cómo estás?”, invitando “cuídate”, “cúbrete”, “no salgas si no es necesario”, Informando “estamos bien”, “nos estamos cuidando”.

Aprende a vivir con lo básico, la adecuada limpieza y el autocuidado.

 

 

Celebrar la vida en medio de la crisis

Ante esta situación es importante alabar nuestra vida y nuestra misión. Hagamos una oración, un gesto de agradecimiento a Dios y un gesto de bendición para tu familia, los pueblos y para nuestra Madre Tierra. No dejes de practicar tu espiritualidad con gestos y acciones que expresen el cuidado de la vida.

“Señor bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no tengamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Más tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Nosotros, junto con Pedro “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas (1ª carta de Pedro 5,7).

 

 

La crisis es nuestra oportunidad de ser más humanos

Lo que es un hecho, es que no podemos seguir siendo los mismos después de los que estamos viviendo. La crisis es también una oportunidad de nuevos aprendizajes. Podemos seguir adelante, pero juntos.

Debemos cambiar nuestra mente, nuestro corazón, nuestras relaciones en todas direcciones (naturaleza, familia, recursos materiales). Esto es un aprendizaje de conversión. Un proceso de convertirnos para ser mejores personas, más solidarios, cuidadores de la vida y de la salud, cuidadores de nosotros y de nuestro planeta.  “La pandemia nos ha enseñado que no podemos vivir sin el otro, o peor aún uno contra el otro” (Papa Francisco. Discurso a la ONU, 25 de sep 2020).

 

 

¿Descubriste algún aprendizaje de esta situación de crisis? Te invitamos a que lo compartas con nosotros.