Las ciencias sociales en la teología latinoamericana: balance y perspectivas
$198.50
En existencia
Un grupo de sociólogos y teólogos de América Latina nos ofrece sus reflexiones en torno al quehacer teológico latinoamericano, en su relación con las ciencias sociales, destacando sus logros, limitaciones y ambigüedades o carencias. Al mismo tiempo trata de identificar los nuevos espacios de oportunidad teórica y practica que se presentan en las condiciones actuales, derivadas de factores tales como el pluralismo sociocultural y religioso, los procesos de globalización, las crisis de identidades y la persistencia de la pobreza y la marginación.
Para ello, el contenido del libro se estructura en tres grandes partes. En la primera se analiza críticamente desde la teología de la liberación en su relación con las ciencias sociales. En la segunda se reflexiona sobre la irrupción del tema de la cultura moderna en la reflexión teológica, y los retos que esta ha supuesto para una teológica latinoamericana atenta al pluralismo cultural en un contexto de globalización. Finalmente, en la tercera parte se plantean los principales retos que desafían el quehacer teológico latinoamericano, el cual pretende ser fiel creativamente a los imperativos éticos y evangélicos que dieron origen a la teología de la liberación.
Información adicional
0148022 |
Legorreta, José De Jesús |
9786077802242 |
Rústica |
232 |
14.5 x 23 x 1,18 |
0.31 |
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Memoria del movimiento histórico de Jesús
$416.00
El objetivo del autor no ha sido escribir una historia de la Iglesia, sino un libro de orientación para lectoras y lectores deseosos de tomar distancia crítica de una historia demasiado institucionalizada y dogmática del cristianismo. El interés se centra más bien en la memoria del movimiento de Jesús en los primeros quinientos años del cristianismo.
En la primera generación cristiana, antes de los años setenta, se presentan algunas tradiciones independientes: Pablo, Marcos, Tomás, Juan, Santiago y María Magdalena. Después de los años setenta, se consideran sobre todo los escritos: Evangelios, Cartas, testimonios de vida y leyendas populares. No se distingue entre libros canónicos y no canónicos, porque todavía no se ha definido el canon, y el límite entre ortodoxia y herejía es aún confuso.
En los siglos II y III el autor se interesa por la gnosis, los gnósticos y el gnosticismo: lo positivo y lo negativo. Rescata la tradición de los “maestros cristianos” y su confrontación con los presbíteros y los obispos en la lucha por el control de la palabra de Dios, y presenta la crítica de los filósofos no cristianos -Celso, Porfirio y Juliano- al cristianismo.
En los cuatro primeros concilios ecuménicos (siglos IV y V) se formularon los dogmas fundantes de cristiandad. Las definiciones dogmáticas, sin embargo, no incluyen la tradición evangélica del Reino de Dios. Incluso algunos afirman que esos cuatro concilios podrían haber reemplazado a los cuatro evangelios.
En esa época, el “triunfo” del Sacro Imperio Romano Cristiano significó la “derrota” de la Iglesia. Sólo el movimiento de Jesús es la memoria del futuro.
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El lado oculto de la Guadalupana
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Aunque en México no se pueda negar al guadalupanismo su condición de símbolo de identidad nacional, difícilmente se le puede considerar como símbolo de unidad. Además de la añeja división entre guadalupanistas y antiguadalianistas, otra, cuyos orígenes han de buscarse en los albores de la misma tradición guadalupana, subsiste hasta nuestros días. Se trata -según el autor- de la existencia de un “guadalupanismo profundo”, de base indígena y popular, y de un “guadalupanismo imaginario”, de origen colonial, marcado a fuego por una sociedad jerarquizada -Estado e Iglesia-, que se sirvió del culto al “lienzo guadalupano” como mecanismo de soporte de una dudosa identidad.
En este proceso -en el que la imagen tiene un papel fundamental y relevante-, la Tonantzin de ayer, de naturaleza india-india, sufrió una primera transformación en Tonantzin-Guadalupe, obviamente de naturaleza india-cristiana, despojada posteriormente de su condición “idolatra” original mediante la creación de una “historia” para convertirla simplemente en “Guadalupe” -criolla cristiana-, dotada de la necesaria idoneidad para ingresar a la gran familia de figuras marianas ibero-europeas.
Sacar a flote el sumergido guadalupanismo, liberar el “guadalupanismo profundo” del peso aplastante del “imaginario” criollo; o bien, poner ante nuestros ojos el reverso –“el lado oculto”, la autenticidad india- del lienzo guadalupano -y del guadalupanismo-, es la tarea que se ha impuesto el autor.
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